miércoles, 14 de noviembre de 2007

Una muerte digna.


Despertó aquella mañana con un mal presentimiento, el joven policía Hermes Ríos, no hace mucho había entrado en la institución, más de tres semanas no pasaron hasta que llego aquel día.

Salio listo y bien uniformado de su casa esa mañana, pero algo no andaba bien, las calles eran un desastre total, colisiones e incendios se veían por todas partes, gritos de horror se escuchaban cortantes en el aire, Hermes pensaba que era un mal sueño, una pesadilla, no comprendía por que aquel Apocalipsis. Se subió rápidamente a su auto y se dirigió a la comisaría de la ciudad. En el camino pudo ver como las casas se incendiaban, vio cadáveres en el suelo descuartizados, con sus vientres abiertos y otras inexplicables mutilaciones. El miedo al no saber que era lo que realmente ocurría lo comenzó a envolver a partir de ese momento, se cuestionaba una y otra vez, no llegaba a nada ¿acaso seria una guerra? No, no era posible, no habían soldados, ni tanques, ni nada, ¿Qué era?. Se adentro ahora en el centro de la ciudad, en un comienzo estaba desolado, papeles y diarios volaban, grifos abiertos, autos chocados contra postes, sangre derramada por el piso, pero no había cadáveres. Sintió un grito de pronto, venia de cerca, al doblar una calle cercana a el posiblemente, bajo de su auto rápidamente, con revolver en mano. Corrió, y al doblar la esquina vio algo que jamás hubiese pensado ver; una mujer agonizando tumbada en el suelo y dos hombres comiéndosela viva, destripándola con sus propias manos, gozaban de su carne por necesidad instintiva, por hambre. Los dos hombres al percatarse de la presencia de Hermes pararon este acto de canibalismo, se pusieron de pie, y gimiendo con una grotesca voz gutural empezaron a caminar torpemente hacia él, uno de ellos estaba gravemente herido, sus costillas se podían ver, sus intestinos ya no estaban, pero caminaba, no lo podía creer, mucho menos comprender, el otro en tanto no estaba tan maltrecho, salvo por un pedaso de piel y carne que le faltaba en el cuello, en su estomago tenia enterrado un gran cuchillo carnicero. Hermes tomo algo de cordura y valentía hante el gran miedo que estaba sintiendo.

- ¡Deténganse, deténganse o disparo! – dijo.

Los dos individuos no muertos no se inmutaron de las palabras del joven policía y siguieron caminando hacia él.

Hermes le disparo a uno en una pierna, pero este solo se tambaleo un momento y continuo, como si no sintiera dolor alguno, entre estos dos asquerosos zombis Hermes logro divisar a la mujer que se estaban comiendo, ella ahora se levantaba, a pesar de sus heridas, y que le faltaban órganos vitales, comenzó a caminar hacia él de la misma forma que los otros dos muertos vivientes, la locura de súbito llego a su mente por un momento, no podía concebir en su cabeza que aquello estuviese pasando. De pronto comenzó a sentir detrás del más voces grotescas, se acercaban más cadáveres caminantes, el ruido del primer disparo los atrajo. Hermes desesperado vio un pequeño callejón y comenzó a huir de estas criaturas, desesperado escapo, mas en la ciega escapatoria por aquel horrendo y estrecho callejón callo. Al levantar la cabeza vio zapatos y botas manchadas de sangre, miro más arriba, eran más zombis, el lugar se llenaba por ambos flancos, comenzó a disparar desesperadamente, ya trastornado, cinco veces más, de la multitud de cuerpos caminantes solo uno calló tumbado y muerto, Hermes le disparo en la cabeza, reventándole el cerebro, pero los otros seguían allí. Solo quedaba una bala, lo tenían acorralado, entre la espada y la pared, una muerte digna pensó. Tomó su revolver, lo puso en su boca y disparo, su cráneo se destrozo junto con la explosión de la pólvora.

Al suceder esto los zombis cesaron la persecución, como si nada hubiese pasado, y se quedaron en su lugar, como esperando, esperando más carne viva.